Cancioneiro de Ajuda - Músicos

Cancioneiro de Ajuda - Músicos

Ayer se publicó en el blog del programa Comunes de Radio Círculo un artículo, SGAE, sindicalismo y “copyleft”: manual de uso, del que recomiendo su lectura.

El artículo plantea, a mi parecer, dos puntos interesantes: por un lado presenta un discurso de un autor en relación a los derechos de propiedad intelectual sin confundirlos con los de la industria; y por otro lado plantea una alternativa para organizar la representatividad de los autores. Al mismo tiempo, el artículo adolece en mi opinión de dos problemas: plantea soluciones en base al discurso de la industria y evidencia la ausencia de un discurso alternativo bien estructurado por parte de los autores.

El artículo va más allá del discurso convencional en torno a la autoría que se estructura en torno a los derechos de copia, base del modelo de negocio de la industria cultural y relacionados con los derechos de autor como instrumento para su explotación, pero no iguales a ellos, a los que preceden históricamente. En él se señalan otros aspectos que determinan tanto o más la producción y remuneración de los autores, como la relación legal con editoriales e industria, el reparto habitual de beneficios, alternativas al modelo de “todos los derechos reservados” o el efecto de los contratos abusivos que la industria impone diariamente.

Entre todo ello se señala la relación conflictiva entre autores e intermediarios, al configurarse las sociedades de gestión de derechos a modo de sindicatos verticales en los que conviven autores con editores, de modo que se limita su capacidad para canalizar las demandas de los primeros cuando no coinciden con las de los segundos, conflicto que, paradógicamente, fue causa del nacimiento de la SGAE.

Esa circunstancia contribuye a que se consideren factores a priori algunas cuestiones que estarían a debate en cualquier situación equilibrada en la que se produzca conflicto de intereses, como son: los márgenes de beneficio habituales (que es razonable que dependan del avance tecnológico y los costes de producción), la estructuración de las propias sociedades de gestión (por qué no es posible disociar autores de editores, como sucedía originalmente), la equidad de los contratos discográficos (en los que usualmente se enajenan prácticamente todos los derechos de autor pero podrían ser contratos de servicios), la forma de remuneración (basada en royalties, sin apenas pago por obra y además con insuficiente cobertura social), mientras que se da por evidente que lo que debe cambiar es la relación del público con las obras culturales o el estatus de la protección del monopolio de copia frente a cualquier otro derecho.

Como solución se plantea en artículo la exigencia ética a los sindicatos de la defensa de las demandas de los autores, tanto frente a la sociedad como a la industria.

No estoy convencido de que se justifique adecuadamente esa exigencia. Por un lado creo que no obedece más que a la posiblidad de disponer de los sindicatos como lobby que resuelva los problemas de un colectivo poco articulado. Y por otro se les exige ni más ni menos que asumir como propio y legitimar el discurso de la industria, por carecer de un discurso alternativo claro y suficientemente desarrollado (creo que ni se cita el derecho al acceso a la cultura, probablemente más afín a la lucha sindical).

Otro aspecto interesante pero debatible del artículo es la defensa de la creación musical como una creación cerrada y finalizada y que justificaría su excepcionalidad respecto a otras formas de creación tanto artística como técnica o científica.

Esa autonomía de la creación artística me parece difícilmente argumentable, dada la innegable deuda de cualquier creación con su contexto cultural y lingüístico, su herencia cultural o, en términos más comerciales, las “influencias artísticas”, incluso cuando la obra pueda tener para el autor un carácter finalista.

La relación de una obra con otras obras pasadas, contemporáneas o futuras es parte esencial del arte y tiene su reflejo más tangible en aspectos técnicos como el sampling, las versiones, las referencias a textos literarios, movimientos artísticos o en cuestiones tan elementales como el uso de géneros o de escalas musicales, puramente convencionales y culturalmente determinadas…

En resumen, el artículo ofrece una visión interesante de la producción cultural en ojos del autor musical, aunque se echa en falta el desarrollo de un discurso complementario al de la industria cultural que no se limite a remedar un modelo en crisis sino en una mayor autonomía de los autores. Al mismo tiempo, da gusto leer opiniones más matizadas que las sostenidas por la industria y que plantean una visión genuina sobre el asunto.

No dudo que el escaso desarrollo del discurso de los autores en relación a la industria musical obecezca a la relación histórica entre esta industria y los autores que han trabajado para ella (que no son todos), dado que en otros ámbitos de la creación cultural (por ejemplo, el resto de las bellas artes, con la excepción, quizás, de la literatura) no ha existido una relación tan estrecha entre la industria y los autores de los que se sirve, basada fundamentalmente en la remuneración por regalías generadas con cada copia y no en contratos de servicio o por obra.